La carta llegó al correo del Senado con el mismo tono que usan los inquilinos cuando le reclaman al dueño que arregle el techo que gotea. Pero acá el techo es la Cancillería y las gotas son los insultos que Javier Milei fue a escupir a Brasil, en medio de un acto con la tropa de Jair Bolsonaro, como si la Argentina necesitara otro enemigo comercial cuando las reservas están en terapia intensiva.
El ciudadano Ignacio Zavaleta, desde el sudoeste bonaerense, hizo lo que cualquier argentino con dos dedos de frente haría ante un Presidente que confunde un viaje oficial con un ring de catch: le pidió a Victoria Villarruel que el Senado se marque un territorio de cordura.
Le reclama a la Vice que convoque a las comisiones de Relaciones Exteriores y Asuntos Constitucionales para que saquen una declaración de repudio, porque las palabras del jefe de Estado contra Lula ya no son un exabrupto de Twitter amplificado, son un problema de abastecimiento para las economías regionales.
Zavaleta no pidió peras al olmo. Enumeró los motivos con la claridad de quien sabe que Brasil no es un país cualquiera: es el principal comprador de la industria argentina, el socio que sostiene media balanza comercial del interior productivo.
Pero a Milei eso parece importarle menos que su propia coreografía de macho alfa frente a las cámaras de un partido extranjero. El Presidente eligió el escenario internacional para seguir con su guión de cruzado contra el progresismo, sin importarle que los gobernadores de su propio espacio tengan que salir después a remar relaciones bilaterales con un vecino que representa el 15 por ciento de nuestras exportaciones.
Lo más grotesco es la incongruencia. El mismo tipo que arenga contra la "casta" y la corrupción se para en Brasil junto a un político que en su país está bajo investigación por intentar dinamitar la democracia. El mismo que habla de transparencia tiene un expediente judicial que crece como espuma en la Argentina.
El ciudadano Zavaleta le pide al Senado que deje asentado que el Presidente no habla en nombre de todos. Y tiene razón. Porque la investidura no es un disfraz para salir a pelear con medio mundo mientras el país negocia el próximo vencimiento de deuda. Cuando Milei insulta a Lula, no es un particular con opinión, es el primer mandatario argentino pateando el tablero comercial con el socio mayoritario del Mercosur.
Si el Senado guarda silencio, valida la idea de que la Cancillería se maneja con la misma lógica que un grupo de WhatsApp de jubilados indignados. Si se pronuncia, al menos dejará constancia de que en el arco institucional hay alguien que entiende que las relaciones internacionales no se arreglan con un tuit ni con un agravio en un acto de militancia extranjera. Mientras tanto, el Presidente sigue su gira de provocaciones, convencido de que el mundo es un ring y él el único boxeador con guantes.