En el tablero de la política actual, las disputas de poder pocas veces se libran a cielo abierto. Suelen cocinarse en despachos vidriados, a través de operadores silenciosos que confunden la administración circunstancial del Estado con la construcción de un proyecto propio. En este esquema, la figura de Carlos "Carli" Bianco sintetiza una dinámica que preocupa profundamente a las bases militantes y a los dirigentes de peso: la de aquellos que llegaron al calor de la gestión sin haber construido territorio ni memoria colectiva y hoy operan para vaciar de contenido al peronismo desde las sombras.
El problema no radica solo en las formas displicentes, sino también en las dudas cómplices y los posicionamientos deleznables frente a la persecución y proscripción de Cristina Kirchner, la conductora de nuestro movimiento. Cuestionar los compromisos internacionales de la Argentina, los tratados de jerarquía constitucional y la vía legal para revisar una condena firme, haciéndoles el juego a quienes desean verla presa para imponer un simulacro de democracia en 2027, demuestra una ingratitud y una irresponsabilidad alarmantes. Actúan como comisarios de la moderación que, desde nuestras propias filas, están dispuestos a participar de esa coreografía persecutoria.
Lejos de gestionar en favor del vecino y del bonaerense, este sector se la pasó "rosqueando" desde el primer día, priorizando los acuerdos de cúpula por sobre las demandas populares. Es el mismo operador que se ha encargado de reciclar lo peor de la política tradicional, incorporando a personajes violentos como Santiago Cúneo, que escupía agravios inaceptables contra Cristina y hoy forma parte de este cambalache, y buscando a los referentes más añejos del peronismo, como los "gordos" de la CGT, que le hacían paro cada media hora a la expresidenta y ahora miran para otro lado frente al ajuste de Javier Milei. Se dedican a cooptar intendentes y maniobrar para garantizar la reelección indefinida de socios políticos cuyos mandatos ya se vencen, en tándem con jefes comunales que responden a la misma lógica.
La contradicción principal salta a la vista: ¿cómo se atreven a pretender la conducción de un espacio o la proyección a nivel nacional cuando no logran dar respuestas estructurales en una provincia donde lo único que hacen es victimizarse, echar culpas a terceros y dedicarse a la rosca permanente? Hablan de "nuevas canciones", mientras reciclan las peores mañas y terminan siendo idénticos y funcionales al propio Milei.
Pretenden construir una hegemonía de cartón, convencidos de que Buenos Aires es un botín personal o una plataforma de lanzamiento para ambiciones prematuras. Sin embargo, la lealtad política no se negocia en las cúpulas ni se sostiene con marketing de gestión. El kirchnerismo de base y el conjunto del peronismo que no se arrodilla entienden que la porfiada ingratitud de estos personajes repta en el subsuelo de la traición y el olvido.
Su afán constante de destruir al kirchnerismo solo consigue provocarle un daño irreparable al movimiento y al país entero. La historia no perdonará a los especuladores. Del otro lado hay un pueblo organizado, con memoria y dignidad, que comprende que el verdadero peligro nunca fue la oposición frontal, sino la traición silenciosa de quienes prefieren la comodidad del poder antes que la transformación de la patria.